17 septiembre 2017

Entrañas

Cierro los ojos.
Los abro.
Parece el reloj ser la única prueba del paso del tiempo.
¿Estoy igual? ¿Siento lo mismo?
Me descubro caminando bajo el sol de la tarde con una vitalidad inesperada. Pero hay días en que, de golpe, la vitalidad se esfuma y se cierra la garganta. Esos días suelen ser caprichosamente los domingos, como si en la paz de la pausa de la semana frenética se potenciaran las ausencias. De un momento a otro soy conciente de mi estómago. Se me anuda. Me duele. Tiene una escasa similitud con el dolor de panza. Porque las dolencias físicas son puntuales y fáciles de describir. Te tomás algo y se te pasa. Las otras, esas dolencias que parece que habitan en una parte pero se desparraman, son casi indescriptibles. El tecito no las calma. Arrancan despacito en la garganta, siguen por el esófago y se anidan entre las costillas. Y de ahi se ramifican hacia todo el cuerpo. Arden los ojos y hasta da cierta taquicardia. Parecen apunarse los oidos y el cerebro tiene un calor tembloroso. Las entrañas parecen volverse de hierro y pesan. Y despues se vuelven livianas. Tanto que el vacío hace eco. Y así como viene y hace estragos, se va. Y el sol vuelve a sentirse en la cara y pareciera que las heridas que se abrieron repentinamente vuelven a cerrarse.
Tal vez cerré los ojos demasiado tiempo.

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